
Querencio me traía mal. Cada vez más, su presencia, era una afrenta para mi indiferencia expuesta ante el mundo. Querencio buscaba fastidiarme, lo presentía. A veces, me daba por pensar eso. Otras, me preguntaba qué carajo perseguía Querencio con sus preguntas inquisidoras. ¿Acaso él estaba exento de toda responsabilidad para venir hasta mi casa para achacarme que yo era un pequeño burgués literato? Querencio acusándome de “burgués”, una y otra vez con la misma, cansada, perorata. Provocándome y luego escudándose como un domador de circo con una silla en la mano y el látigo en la otra, en el rincón de la cocina, mirando con sus ojos desorbitados y exigiendo con ese ataque intempestivo que me dignase a responderle.
-Pero porqué, mejor, no te vas a la mierda, Querencio -intentaba callarlo, a veces. Sólo por un momento, porque al instante arremetía de nuevo.
Uno de sus recursos era traerlo a Nietzsche hasta la cocina y, ahí, lo soltaba como quien suelta a un niño en un parque de diversiones.
-“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”, Querencio citaba al filósofo alemán de memoria. ¿Qué me decís?, me intimaba.
-Qué vos y Nietzsche se tendrían que haber encontrado en una esquina y haberse recontra cagado a trompadas. Querencio, haberte encontrado con la obra de Nietzsche y saberlo muerto, a vos, te hizo mal, hermano. Te lo digo de onda. No soportás que el tipo este te haya superado, fijate, ya lo dijo todo. Los dejó en silencio, a vos y a todos, los profetas de poca monta. Además, ya me tenés podrido con el Zaratustra.
-¿Profeta? ¿Vos, falange de escritor me decís “profeta”?, se victimizaba Querencio.
-¿Qué querés que te diga?, lo corría. Trataba de dejarlo en silencio, pero sabía que eso era imposible.
Decidí no hablarle. Me concentré, nuevamente, en lo que esa tarde me tenía ocupado. Trataba de arreglar la licuadora. Un trabajo que había hecho varias veces y que siempre era el mismo: desempastar el dispositivo de rotación de la cuchilla que, debido al desuso que del electrodoméstico hacíamos con mi madre durante el invierno, apenas con desarmarlo, limpiarlo y volverlo a engrasar ya funcionaba perfectamente.
Querencio preparó unos mates, llevó la pava y el tarro con la yerba a la mesa y desde allí parecía observar y querer descubrir mi preocupación.
-“La palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio”. Eso también es de Nietzsche, dijo Querencio. Sabés, tenés razón con aquello de que este tipo ya lo dijo todo, hay veces que no te das cuenta pero decís cosas muy inteligentes.
-Gracias, amigo, contesté pero me quedé con la sensación de que me tomaba el pelo.
-Está angustiado el burgués porque no tiene para hacer licuados ahora que se viene el veranito…
-¡Dejame de joder, Querencio!
Después de otro rato de silencio me dijo:
-¿Nunca te conté que yo fui muy amigo de Antonio Di Benedetto?
Supuse que otra vez arrancaba con la perorata ya gastada, que su objetivo era el mismo: molestarme, hacer que me violentara y dejarme sin palabras. Entonces, creí que era otra de sus fábulas pero, esta vez, decidí dejarlo hablar.
-De verdad, te digo. Viste que yo viví muchos años en Mendoza. Di Benedetto trabajaba en el diario Los Andes, era subdirector, un tipo terriblemente instruido, era impresionante escucharlo hablar pero, a su vez, se mostraba como una persona muy respetuosa de su interlocutor y verdaderamente interesada en lo que uno tenía para decirle.
-¿No es bolazo, Querencio, no?, pregunté. Mirá que nunca más te dejo pisar mi casa, le advertí.
-En serio te digo, casi todas las semanas compartíamos una mesa en un café que estaba a la vuelta de la redacción del diario, Antonio, un tal Reato y yo. Di Benedetto andaba con un cuaderno rojo, ahí llevaba anotaciones y algunos manuscritos que, luego supe, eran algunas líneas de Los suicidas un libro que le publicaron afines de los 60, porque a él lo había traumado el suicidio de su padre y, me dijo, necesitaba de la literatura para poder superar aquel misterio.
-Te dejo hablar porque esta licuadora me está haciendo renegar como un hijo de puta y, además, porque es la primera vez que no te escucho decir incoherencias. Dale, seguí, dije y me callé.
-Nos llevábamos bien con Antonio. Siempre me trataba de Ud., y nunca me dejó pagar un café. Creo que me apreciaba porque yo era el único que en aquel café le daba bola a todos sus divagues existencialistas. Era un gran lector de Kierkegaard, Sartre, Merleau-Ponty…
-Ni hablar de Nietzsche, acoté.
-Je, ni hablar. Obviamente había leído su obra principal pero no le inspiraba tanto como los existencialistas. O Schopenhauer. El que también lo enloquecía era Albert Camus, podía estar horas hablándote de él. Yo todavía era pibe, Di Benedetto me llevaría unos veinte años, él fue el que me mandó a leer los primeros libros que me impresionaron. Claro, luego de Nietzsche.
-Entiendo, Nietzsche, Kierkegaard, Camus… Ahora, una cosa, ¿sabés por qué mierda no funciona esta licuadora?
Unco Claraboya