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Baño

La mujer se desnuda. Deja la ropa sobre la cama y camina hacia el baño. Ya es de noche y tiene ganas de relajarse. Dedicarse un momento para estar con ella. En soledad. Y a solas. Sin luces. Sin velas. A oscuras. Sin ruidos. Sin interrupciones. Nada más que con su imaginación. Desnuda. Dentro de la bañadera-llena. El agua caliente y el perfume del jabón. Las burbujas de la espuma resbalando a través de los azulejos.

“y quien no ha soportado

“su sombra

“persiguiéndonos

“interponiéndose

“a cada nuevo paso

“no dejándonos

“vivir en paz

La mujer piensa. Dice en voz alta. Mientras se acaricia. E imagina que se quita lo pasado. Las angustias del día. De todos los días. De lo que nunca llega pero horroriza. El tarro con champú escapa entre sus manos y la sobresalta. Lamenta perder la calma. No llegar a conseguirla. No poder obtenerla un instante. Siquiera bajo la ducha. Vivir siempre en la intemperie. Ya a su edad. Más ahora. Que está sola. Sin hijos que esperar a la salida del colegio. Sin hombre que soportar cada noche en la cama. Cada nuevo día que amanece.

“ciegos

“necios

“ofuscados

“sin razón

“que justificar

“Eso mismo”. Dice la mujer. Mientras se enjuaga. Mientras pasa el duchador por cada una de sus extremidades. Con los ojos semiabiertos. Viendo cómo la espuma ya se escurre por el desagüe. Como si aquel jabón que se escurre y desaparece fueran amores lejanos. ¿Amores que fueron siempre pasados? Aunque presentes. Siempre perdidos. Nunca un futuro al resguardo. Un halo de tranquilidad. Siquiera la tibieza de una convicción. De un hijo crecido sano. Una confirmación. Una caricia.

“y no me encuentro

“y no llego

“al lugar pleno

“el río calmo

“las noches

“siempre

“sin luna

Areopagita mujer. Mezcla de engaños y manotazos. La bañadera-llena ya no existe. Es sólo un recuerdo. Una sensación. A oscuras. Las caricias cuando ya es tarde. Se van. Y la mujer extática. En la noche. Bendecida por la complicidad y el silencio con que el agua todavía escurre y la abandona entre sus pies. El vapor en el aire. Poco a poco. El mundo vuelve a ser extraño. La mujer desecha las toallas. Sucias-Olvidadas-Mundanas. Y mojada. Como está. Y sola. De pie. Sobre el suelo de la bañadera. Siente morir gota a gota.

Unco Claraboya

juramento

“No hay un día en que no piense en eso, que no me arrepienta”, me repetía Mario al oído y luego su abrazo se hacía más fuerte.

Nunca los había visto así. Ese día mamá, luego de una semana de ausencia, entró a la casa como si nada. Vio que Mario estaba en la cocina pero pasó de largo; enseguida, se encerró en el baño; Mario empezó a gritarle dónde había estado, qué mierda se creía, porqué había desaparecido de esa manera, si se pensaba que él era un flor de pelotudo o qué; mamá también le respondía a los gritos: que se fuera a la mierda, que ya no le importaba más, que ya no lo quería, que era feliz sin él; eran sus alaridos desde el encierro.

Mario enfureció. Los días anteriores a la vuelta de mamá me había anticipado que las cosas andaban mal entre ellos. Que tenían que hablar mucho para que todo pudiese ser como antes. Dijo que mamá se veía con otro tipo. Que él, desde hace tiempo, lo sabía pero que esperaba, al menos, que ella se hiciera cargo de lo que le tocaba. Que tomara una decisión de persona adulta. También me había dicho que él estaba mal, muy triste. En especial, estaba triste por mi hermano mayor, Javito, y por mí. Pero que, muchas veces, las cosas no eran como uno quería. Que tenía que saberlo. Por mi bien.

Yo mucho no entendía lo que pasaba entre ellos. A veces, ahora recuerdo, los acompañaba cuando juntos trabajaban en la ampliación de la casa que, poco a poco, Mario había comenzado, primero, con la ayuda de un vecino amigo y, luego, con la asistencia de ella que, también, se daba mañas para todo. Y allí estaban los dos, tardes enteras, sábados y domingos colocando ladrillo por ladrillo, mate de por medio, a veces entre sonrisas y, otras tantas, a las puteadas.

Eran muy diferentes. Creo que lo único que tenían de parecido era lo poco que hablaban entre ellos, con mi hermano y conmigo, con los vecinos, bah…con todo el mundo; siempre presentí que eran personas de pocas palabras; no es que eso me duela; sólo que, ahora, me doy cuenta de que ellos eran bastante “metidos para adentro”; sí, estoy seguro que eso era lo único que tenían en común. Después, Mario, siempre fue un tipo activo, nunca podía estar haciendo nada o sentado en un sillón mirando la tele. En cambio, mamá podía estar horas y horas en el sillón, incluso, hasta se olvidaba de ir a hacer las compras y después le agarraba el apuro a último momento porque sabía que Mario iba a llegar del trabajo y ella no había preparado la cena. Y si él llegaba y no había nada “interesante” para comer se ponía de mal humor y mamá se convertía en una tumba porque ni “a” le decía; lo ignoraba. Era bien tozuda o, en el fondo, le tenía miedo. No sé.

Javito siempre se quiso ir de la casa. Me dijo que en cuanto pudiera se iría a lo del tío Ernesto. Ya tenía todo arreglado y el tío le había dicho que sí. Además, Javito, allá, en Castelar donde vivía el tío, tenía a sus mejores amigos. En nuestro barrio no se llevaba bien con nadie. Era la oveja negra.

El día en que todo sucedió, Mario estaba preparando unas papas fritas para el almuerzo. Me había ido a buscar a la colonia y dijo que tenía ganas de comer papas fritas con hamburguesas. Así que llegamos a casa y en seguida se puso a lavar y a pelar las papas. Yo puse algo de aceite en una cacerola hasta que él dijo “suficiente”. La apoyó sobre la hornalla encendida y la tapó. Dijo que había que esperar. Yo encendí la tele.

Ahí fue cuando llegó mamá. Sentimos el ruido característico de la llave haciendo girar la traba de la cerradura y entró. Vio que estábamos en la cocina y pasó como un rayo, directo, hacia el baño. Mario dejó, por un momento, las papas y con el repasador en la mano empezó a increparla elevando la voz. Mamá contestaba a sus insultos con más insultos. Yo subí el volumen de la tele. De pronto mamá salió del baño y Mario se le arrimó. Ella volvió a repetirle las mismas palabras que ya había dicho desde el baño y lo empujó. Ni cuenta se dio que yo los observaba desde la cocina.

Vi que Mario le apretaba los brazos y le preguntaba si había estado con el fotógrafo. Tres veces seguidas le hizo la misma pregunta mientras ella reía a carcajadas. Él no soportó y le dio una trompada. Entonces, ella se soltó y empezó a tirar todo lo que había a su pasó. Nunca la había visto así. Ya en la cocina agarró un cuchillo y se lo tiró a Mario por la cabeza. A mi se me caían las lágrimas. De prepo, mamá tomó el repasador y -con el- la cacerola que estaba sobre el fuego y la arrojó contra el cuerpo de Mario. Por suerte, no tuvo fuerzas y la cacerola con el aceite hirviendo cayó a unos pocos centímetros de donde Mario estaba parado. De una zancada, él fácilmente llegó hasta la cocina y del cuello empezó a arrastrarla hasta la habitación. Los gritos de mamá y los forcejos entre ambos continuaban. Yo no me animaba a abandonar la silla.

No sé cuanto tiempo pasó hasta que, poco a poco, la discusión fue disminuyendo. Escuché los pasos de Mario y el portazo que dio al salir. Apagué la tele. El silencio era excesivo. Llamé a mamá. Me levanté del asiento y fui hasta la ventana. Vi a Mario alejándose por la calle. Volví a llamar a mamá pero no respondió.

Después ya conocen la historia; Mario regresó, fue hasta la habitación y empezó a gritar el nombre de ella desesperadamente; lloraba y puteaba al mismo tiempo; me ordenó que me encerrara en mi habitación; cuando supo que estaba muerta corrió los muebles y la cama, levantó el piso, cavó un pozo y allí ocultó el cuerpo; esa misma noche volvió a colocar el piso; al otro día ubicó la cama encima. Pidió que jurara que nunca diría nada a nadie. Juré; sólo porque Mario es mi papá.

Unco Claraboya

compañía

La señora y ella. La dueña y la empleada. Ambas orquestadas para respetar la rutina hasta el final. La receta despachada por los médicos y ejecutada por los familiares. Que la señora coma, duerma, cague, descanse, se alimente, que no tome frío, que tome los remedios, que cague y que no pregunte.

También le dijeron que no se pusiese mal. Que si la señora le decía barbaridades, ella, no le diera bolilla. Que la enfermedad era así y tenía sus días. Ella, a pesar de todo, aceptó. Cargar todas las mañanas, todas las tardes y hasta los feriados con la señora. Qué otra le quedaba. Además, nunca había considerado que la señora fuese un fardo. De ninguna manera. La señora era lo mejor que le sucedía en la vida. Diosito la había puesto en su camino. Y ella, por eso, no la iba a abandonar. No iba a hacerle asco si le tenía que limpiar el culo a la señora. Al fin de cuentas, ése era su trabajo: levantarla, bañarla, cortarle el pelo y las uñas encarnadas de los pies, respirar los pedos que la señora ya no contenía (“Escuchá cómo está tronando”, decía la abuela), vaporizarla, sonarle los mocos, darle pastillas, cocinarle, darle de comer, obligarla a comer, decirle que la comida le iba a gustar, que la iba a recuperar. Soportar las quejas: que la comida estaba horrible, que no tenía hambre, que ella le iba a enseñar a cocinar, que porqué mejor no limpiaba el patio (“Que está hecho una mugre”), que quién era ella para decirle lo que tenía que hacer, que porqué no se iba con algún macho por ahí y la dejaba a ella tranquila con su perro…Cuatrocientos cincuenta pesos al mes lo valían todo.

O casi todo, porque ella sentía que, a veces, esa señora -que cada vez que abría la boca podía decir cualquier disparate- la trataba como nunca nadie lo había hecho. Cuando no refunfuñaba, la señora, se comportaba muy cálida con ella. Le contaba cuánto había sufrido en su infancia, cuánto había querido a su padre –un andaluz al que no le temblaba el pulso para darle un certero cintazo a alguno de sus siete hijos-, cuánto había hecho por sus hermanos (“Hasta los cambiaba y los llevaba a la escuela en el sulky”, recordaba la señora), cuántas noches se había quedado en vela preparando las clases para sus alumnos, cuánto había trabajado para que sus hijas pudieran estudiar, cuántos perros había levantado de la calle y adoptado, cuántos kilos de papas fritas había cocinado para sus nietos …

La señora la enternecía. La soledad de la señora la transportaba a su soledad de cuando era una niña. A una infancia que ella, en realidad, se había inventado. Que nunca terminaba de contar. Que nunca había empezado. Que nunca tuvo un padre. Porque el temor con que ella vivió durante ese tiempo había hecho que, ahora, no se preocupase por recordar aquello que había sucedido a su alrededor cuando todavía no tenía seis años.

Sería por todo esto que ella no decía nada. Si le tocaba trabajar un feriado, si la señora la maltrataba, si luego las hijas le señalaban sus faltas, si se pasaba los días en esa casa sin visitas, si sus años sin canas se quedaban junto a esa mujer. Diosito lo había querido así. Quién sabe cuántos días, semanas o meses le restarían. Sin descanso. Al borde de la cama de la señora, junto a la mesa, en la cocina preparando el almuerzo, en el patio tendiendo la ropa, en las tardes cebándole mate a la señora, explicándole quién era esa rubia que estaba en la televisión.

Unco Claraboya

licuadora

Querencio me traía mal. Cada vez más, su presencia, era una afrenta para mi indiferencia expuesta ante el mundo. Querencio buscaba fastidiarme, lo presentía. A veces, me daba por pensar eso. Otras, me preguntaba qué carajo perseguía Querencio con sus preguntas inquisidoras. ¿Acaso él estaba exento de toda responsabilidad para venir hasta mi casa para achacarme que yo era un pequeño burgués literato? Querencio acusándome de “burgués”, una y otra vez con la misma, cansada, perorata. Provocándome y luego escudándose como un domador de circo con una silla en la mano y el látigo en la otra, en el rincón de la cocina, mirando con sus ojos desorbitados y exigiendo con ese ataque intempestivo que me dignase a responderle.

-Pero porqué, mejor, no te vas a la mierda, Querencio -intentaba callarlo, a veces. Sólo por un momento, porque al instante arremetía de nuevo.

Uno de sus recursos era traerlo a Nietzsche hasta la cocina y, ahí, lo soltaba como quien suelta a un niño en un parque de diversiones.

-“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”, Querencio citaba al filósofo alemán de memoria. ¿Qué me decís?, me intimaba.

-Qué vos y Nietzsche se tendrían que haber encontrado en una esquina y haberse recontra cagado a trompadas. Querencio, haberte encontrado con la obra de Nietzsche y saberlo muerto, a vos, te hizo mal, hermano. Te lo digo de onda. No soportás que el tipo este te haya superado, fijate, ya lo dijo todo. Los dejó en silencio, a vos y a todos, los profetas de poca monta. Además, ya me tenés podrido con el Zaratustra.

-¿Profeta? ¿Vos, falange de escritor me decís “profeta”?, se victimizaba Querencio.

-¿Qué querés que te diga?, lo corría. Trataba de dejarlo en silencio, pero sabía que eso era imposible.

Decidí no hablarle. Me concentré, nuevamente, en lo que esa tarde me tenía ocupado. Trataba de arreglar la licuadora. Un trabajo que había hecho varias veces y que siempre era el mismo: desempastar el dispositivo de rotación de la cuchilla que, debido al desuso que del electrodoméstico hacíamos con mi madre durante el invierno, apenas con desarmarlo, limpiarlo y volverlo a engrasar ya funcionaba perfectamente.

Querencio preparó unos mates, llevó la pava y el tarro con la yerba a la mesa y desde allí parecía observar y querer descubrir mi preocupación.

-“La palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio”. Eso también es de Nietzsche, dijo Querencio. Sabés, tenés razón con aquello de que este tipo ya lo dijo todo, hay veces que no te das cuenta pero decís cosas muy inteligentes.

-Gracias, amigo, contesté pero me quedé con la sensación de que me tomaba el pelo.

-Está angustiado el burgués porque no tiene para hacer licuados ahora que se viene el veranito…

-¡Dejame de joder, Querencio!

Después de otro rato de silencio me dijo:

-¿Nunca te conté que yo fui muy amigo de Antonio Di Benedetto?

Supuse que otra vez arrancaba con la perorata ya gastada, que su objetivo era el mismo: molestarme, hacer que me violentara y dejarme sin palabras. Entonces, creí que era otra de sus fábulas pero, esta vez, decidí dejarlo hablar.

-De verdad, te digo. Viste que yo viví muchos años en Mendoza. Di Benedetto trabajaba en el diario Los Andes, era subdirector, un tipo terriblemente instruido, era impresionante escucharlo hablar pero, a su vez, se mostraba como una persona muy respetuosa de su interlocutor y verdaderamente interesada en lo que uno tenía para decirle.

-¿No es bolazo, Querencio, no?, pregunté. Mirá que nunca más te dejo pisar mi casa, le advertí.

-En serio te digo, casi todas las semanas compartíamos una mesa en un café que estaba a la vuelta de la redacción del diario, Antonio, un tal Reato y yo. Di Benedetto andaba con un cuaderno rojo, ahí llevaba anotaciones y algunos manuscritos que, luego supe, eran algunas líneas de Los suicidas un libro que le publicaron afines de los 60, porque a él lo había traumado el suicidio de su padre y, me dijo, necesitaba de la literatura para poder superar aquel misterio.

-Te dejo hablar porque esta licuadora me está haciendo renegar como un hijo de puta y, además, porque es la primera vez que no te escucho decir incoherencias. Dale, seguí, dije y me callé.

-Nos llevábamos bien con Antonio. Siempre me trataba de Ud., y nunca me dejó pagar un café. Creo que me apreciaba porque yo era el único que en aquel café le daba bola a todos sus divagues existencialistas. Era un gran lector de Kierkegaard, Sartre, Merleau-Ponty…

-Ni hablar de Nietzsche, acoté.

-Je, ni hablar. Obviamente había leído su obra principal pero no le inspiraba tanto como los existencialistas. O Schopenhauer. El que también lo enloquecía era Albert Camus, podía estar horas hablándote de él. Yo todavía era pibe, Di Benedetto me llevaría unos veinte años, él fue el que me mandó a leer los primeros libros que me impresionaron. Claro, luego de Nietzsche.

-Entiendo, Nietzsche, Kierkegaard, Camus… Ahora, una cosa, ¿sabés por qué mierda no funciona esta licuadora?

Unco Claraboya

asturiano

Todo tiene su instante de plenitud y luego, de un día para otro, la intrascendencia se apodera de aquello que supo ser distinto.

Había dejado de ser un lugar donde sucedieran cosas importantes. Es que ya no era el epicentro de nada pero, así y todo, mantenía cierto encanto. Porque, luego de varios pocillos de café que, allí, empiné, comprendí que había empezado a encariñarme con aquel sitio y su gente.

Ese bar de esquina, que solamente las grandes ciudades aún se permiten, había tenido sus años de oro. Recién cuando el país, poco a poco, fue inclinándose hacia el peronismo, El Asturiano, comenzó a declinar y dejó de ser el punto de encuentro donde cincuentones, exiliados de la Península, rememoraban las hazañas y las penas de la República. Con los años, el bar fue adquiriendo las banderas de cada tiempo, adoptando para siempre la fama de un anacrónico pastiche: sobre una de sus paredes, descascaradas, colgaba un enorme cuadro de “El Zorzal criollo”, distinta era la suerte de la pared opuesta que aún sostenía un afiche de los mineros de Asturias pero, sobre el espejo, del otro lado del mostrador, ganaba presencia un pequeño retrato de Evita. Incluso, junto a los banderines del Sporting de Gijón, lucía, opaco, otro del viejo Deportivo Español más uno, un tanto más moderno, de Racing Club, gentileza de un puñado de sufridos, habitúes, simpatizantes del equipo de Avellaneda.

El Asturiano era uno de esos cafés donde, todavía, se respiraba vida o, mejor dicho, se respiraban vidas que, literalmente, íbanse agotando pese a que los que, allí, pasábamos las semanas enteras no nos diésemos cuenta. “Año a año –contaba su dueño, El Rúben (en el bar se pronunciaba así, con el acento sobre la U)-, alguna silla siempre va quedando desocupada”, con esas palabras se refería a los históricos que ya no estaban y daba fin al, recurrente, asunto con la, no menos recurrente, misma frase: “Ya estoy acostumbrado a ver pasar los claveles”. Algunos se reían, otros, bajábamos la mirada por respeto o, simplemente, por ignorancia.

Con el sabor de cada café, aprendí que las tardes, en aquel bar, transcurrían de un modo particular. No era ese el lugar de la esperanza, pero tampoco se trataba del rincón de la nostalgia. Allí, sencillamente, cada uno era a su manera y tal cual lo quería. Transparente, me animaría a decir. Era una suerte de refugio o reparo frente a todo lo que sucedía afuera. Quien desde hacía años secundaba al Rúben, con desparpajo, era Javier, el único mozo de El Asturiano, que ante cada nuevo cliente se dirigía en un improvisado pero perfecto español, acentuando las “eses” y recurriendo, una y otra vez hasta el grotesco, a las muletillas más características: “¿Qué ordenará el Mister?” “Vale, tío”, “En breve, le alcanzo”, y así continuaba la farsa hasta llegar al mostrador donde, adrede, se ofuscaba con El Rúben, nada más que para elevar la voz y soltarse con alguna puteada en gallego. Su preferida: “¡Me cago en la hostia!”. No sé cuántas veces le habré visto repetir esa broma, obviamente, luego de haberla padecido la primera vez que llegué hasta aquel lugar.

En la esquina de El Asturiano las tardes mueren muy de a poco. Cada cual tiene su lugar asignado. Diría que cada uno tiene su mesa y un rol que desempeñar. Y nadie impugna ese orden. Por ejemplo, el televisor siempre está encendido y sintonizado en la señal de Crónica TV. Supongo que será por interés de los jugadores de quiniela, aunque, nunca pude confirmar esta hipótesis. Los tacheros que frecuentan el bar jamás toman asiento, permanecen, allí, acodados al mostrador hablando con los de las mesas más próximas. A Luis, un vendedor de seguros, le toca aguantarse las gastadas de la mayoría, dada su devoción por Independiente, además, de recibir las primeras cargadas cuando alguien habla de minas o de guita, probablemente, debido a su retraída personalidad. Paco, un viejo, que desde que pisé el bar nunca lo vi levantarse de su silla siquiera para ir al baño, es el gruñón del lugar. Siempre bufa, haga frío o calor. Graciela, una veterana secretaria que trabaja en las oficinas del centro, es la puteadora del bar. Por eso mismo, creo, nadie allí, pese a ser prácticamente la única mujer que frecuenta el café, trata de faltarle el respeto. Siquiera, Julio, un dandy venido a menos, divorciado y abogado que mata, allí, todas las tardes bebiendo mientras repasa algún expediente, aunque, todos sabemos que aguarda por la llegada de La Colo, una pendeja, bastante arruinada, que a cambio de unos manguitos o algún favor jurídico -porque siempre anda en quilombos con la cana, si no es ella son sus amigos-, termina yéndose de la mano con el boga. Y después, están los pibes del barrio que llegan antes de que anochezca, hacen la suya, y se quedan a tomar un par de cervezas.

A mi, me conceden el privilegio del anonimato de una de las mesas periféricas, donde puedo tomar mi café tranquilo, concentrarme en la lectura de algún libro que siempre llevo conmigo y no perderme cada una de las charlas entre aquellos personajes. Frente a una de las ventanas, con vista a las dos esquinas de enfrente, tengo luz y café a gusto. El Rúben, me llama “El intelectual”. Yo, apenas, me contento con que, allí, mañana, alguien señale mi silla.

Unco Claraboya

análisis

El sueño era más o menos así.

Un colectivo en el que viajan muchas personas. Ancianos y jóvenes, hombres y mujeres de anteojos, todos desconocidos; y alguien que conduce el ómnibus pero que no puedo ver quién es. Asientos viejos, descascarados, un colectivo de línea, sin dudas; yo ocupo un lugar, solo, contra la ventanilla del lado derecho. No sé porqué. El colectivo está en marcha y sigue viaje. Tampoco puedo saber adónde va. Pero el colectivo funciona. Eso parece. Subjetivamente.

A un costado –tal vez, junto a mi ventanilla- hay un tumulto. Es una zapada de rock and roll o algo así. Lo curioso, es que allí están muchos de mis amigos y otros no tanto. Rostros conocidos. Algunos cantan frente a un micrófono que comparten sin recelos y frente a ellos, otro de mis amigos -endemoniado- toca la batería, pero también es la voz líder de esa banda improvisada. Como siempre me sucede en los sueños, la música es familiar. Juro que esa canción me es conocida e incluso, el cover que este rejunte de adictos al rock pronuncian es muy parecido –sino exactamente igual- al tema original que, claro, no puedo recordar a quién pertenece ni cuál es su nombre.

Frente a ese paisaje yo no tengo intervención. No sé qué hago allí. Ni adónde voy. Si es que todavía viajo en ese colectivo. Y, si es que ese colectivo se dirige hacia algún lugar, ¿no cree? Lo único que le puedo decir es que esos muchachos rockeaban y muy bien; me parece que la canción es una de Pearl Jam, ese grupo yanqui, pero no estoy seguro. Igual, en el sueño suena clarito, preciso, im-pre-sio-nan-te, qué va… ahora ni se lo puedo tararear, una lástima…pero parece que es una de Pearl Jam.

La cuestión se pone un tanto confusa, borrosa. Como que no sé muy bien qué es lo que pasa entremedio. Nada muy exacto, ¿vio? Pero le puedo decir que me siento como Neo el de la película Matrix. Ese que despierta y de repente no sabe qué lo rige en la vida; o si, en verdad, es él quien está ejecutando sus propios actos o si, por el contrario, alguien lo está manipulando como a un títere. Más o menos así, me hallo. Le juro que es una sensación extraña, horrible. Imagínese, como si cada alegría, frustración, dolor, lo que sea que le suceda, usted, lo percibe pero no lo siente; no le pertenece. Pero el registro de que algo me sucede está. Eso sí. Clarito. Y lo peor, creo, es no saber porqué ocurre eso. Quiénes son los que ven, escuchan, sienten y actúan a través de mí. Qué es lo que quieren. No puedo distinguir si estoy obrando bien o mal. Mejor dicho, no puedo estar seguro de que eso que es mi cuerpo sea, efectivamente, yo, o el envoltorio de otro. No sé si estoy siendo regido por un dios o un ente. Una laguna negra. Algo así, es mi mente en ese instante.

Y de pronto, otra imagen. Ahora, me encuentro frente a la orilla de un río o un arroyo, del otro lado parece haber montañas o sierras. A mi lado están mis amigos, otra vez. Pero no son los mismos que la vez pasada. Son otros amigos más íntimos. Algunos rostros. Nada más. Estamos juntos ahí, pero yo me alejo. Los miro y se ríen. Después, una nave. Sí, una nave, similar a un avión espía o algo así. Color oscuro. Gris o negro. La distingo en el horizonte, en forma de plato volador. Poco a poco se acerca y su figura se transforma. Me desespero. Apunto al cielo, señalando la nave a mis amigos que están un tanto lejos de donde yo estoy. “¡Una nave! ¡Una nave!”, les grito. No sé si me escuchan. No sé si me prestan atención. O para ellos, eso que yo tengo cada vez más próximo, sobre mi cabeza, es invisible.

La nave pasa, sobrevolando, muy bajo. Quiere ser vista. Únicamente por mí, supongo. La nave hace un gran estruendo y ensaya una curva como para volver por el mismo camino. Regresa y aterriza muy cerca de donde estoy. Sobre un camino de tierra o ripio. Veo el rostro del piloto. Tiene los rasgos de un humano. Lleva gafas oscuras para el sol. Pero no hay sol. Sí hay claridad. Pero sol no. La nave estaciona y se abre una puerta lateral. La sensación, es la misma a la de subir a un colectivo. En realidad, subo a un colectivo, por la puerta del medio, la que comúnmente se usa para el descenso, sí. La subo. Llego hasta el pasillo y de nuevo, los asientos de aquel colectivo de línea: zaparrastrosos y cubiertos de polvillo. Me toca un asiento doble en el que antes había una señora mayor que me cede el lugar, no sé porqué; me siento y junto a mí hay un perro lanudo, de color blanco y negro. El perro usa lentes. Los mismos que tenía la señora que me dejó el asiento.

La sensación de estar invadido en mi propio cuerpo no desaparece. Aumenta. El malestar es cada vez mayor. La persecución, insoportable. Son ellos. Han venido. Siempre lo supuse. Están de visita. Han venido para que los vea. Para que yo lo confirme.

Otra vez, todo es borroso. Confuso. Una elipsis o algo así. Porque aparezco en la cocina de mi casa. No sé si cenando o almorzando. Mi hermana está a mi izquierda y, frente a mí, está mi madre. Me observan comer. Parecemos estar conversando pero no registro respecto a qué. Ellas no comen. Yo estoy con los cubiertos en mis manos. Corto la comida que está en mi plato –no sé qué es-, pero el cuchillo se quiebra en la punta. Ellas se ríen y me alcanzan otro cuchillo. Nuevamente el cuchillo pierde la punta, se dobla más fácil que un alambre de estaño y la punta se parte. Me siento invadido. Ellos saben que quiero escaparme. Ellos, ahora saben. Se han dado cuenta que yo sé que han venido. No sé si a buscarme o qué. No sé qué quieren. Entonces, despierto.

Usted, dirá.

Unco Claraboya

Entonces, ser algo pero sin, al mismo tiempo, ser algo en concreto. Difícil de explicar, si para ello, apenas, contamos con el lenguaje. Pues, tampoco, allí, en esa cartografía, habría lenguaje. Ni gestos ni gemidos. Ni ruidos del estómago que sirvan para la comunicación.

Entonces, ser algo pero sin, al mismo tiempo, ser algo en concreto. Difícil de explicar, si para ello, apenas, contamos con el lenguaje. Pues, tampoco, allí, en esa cartografía, habría lenguaje. Ni gestos ni gemidos. Ni ruidos del estómago que sirvan para comunicarnos.

Mucho o poco, eso ahora no importaba.

Si todo lo que en la vida tenía era prestado, mejor era, antes que seguir sufriendo por esas bagatelas, volver a hacerse de la idea del inicio. Volver a concentrarse en la página en blanco. Sin compromisos ni lealtades juradas. Ser un “alguien” libre. Como al nacer. Incluso, más atrás. Salirse de la cáscara del Sujeto. Trastocar ese orden simbólico heredado. Tratar de anticiparlo. Escurrirse al origen del principio. Aún más, marcharse hasta la anterioridad de todo comienzo. Tomarse de los pelos y transpolarse al lugar de la nada misma. Al no-lugar de la nada. A la caverna. Al cielo sin sol y la tierra sin árboles. A la nada de la nada misma. Impropia.

Retroceder desde el presente, sin detenerse, hasta el olvido de su olvido mismo. Hasta el olvido del olvido mismo. Hasta que Dios no era Dios sino una mancha obscena en un fondo negro. Ser menos que un cero. Menos que un medio. Menos que una lámina. Más ínfimo que una gota, que una silueta o que un aliento. Menos que un pochoclo aplastado contra el suelo de una sala de cine. Ahora, irse. Salirse del guiso. Sabotear el ordenamiento que lo ubicaba como una pieza más. Un resorte entre miles de resortes.

Abroquelarse a su propio ombligo. Desatar el nudo y desinflarse. Expulsarse de su cajita existencial. Saltar, retrocediendo, de una caja de zapatos a la otra. Una vida y otra vida, deconstruídas, hacia atrás, descontándose. Apoyando un pie y, en seguida, otro, expidiéndose ad infinitum y en retroceso, cayéndose como en un vacío. Pero sin, nunca, caer. Experimentando ese espasmo que sube desde la boca del estómago hacia el esófago y que, luego, baja y bruscamente vuelve a subir. Meditando en monasterios. Iglúes, sótanos, patios, buceando en copas de vino, una por una, recorriendo sus profundidades. Desencontrándose entre los, alguna vez, propios recuerdos. Partiendo del mosto corriente hasta, descubrir, la extracción más pura del zumo. Y, al anunciarse, acabar con las categorías universales: los malbec, los cabernet franc, los sauvignon, los semillón; absorberse la propia sangre hasta secarse. Luego tenderse, a sí mismo, como un cuero sobre un alambrado y esperar la llegada de las moscas y otros insectos que purificarán la ofrenda.

Reírse como un guijarro en el fondo de un estanque. Pudrirse, avanzadamente, antes que el total del líquido logre la misma condición. Adelantarse para posarse, primero, sobre la tabula rasa. En soledad, recorrer ese plano ahistórico. Ser menos que nada para sentir esa dimensión inenarrable. Un plano del que no se conocen sensaciones ni estadios que rememorar. Una dimensión que siquiera las matemáticas se han resuelto a abordar. Inclasificable. Inmedible. Una salida hacia la entrada al mundo. Pese a que, tampoco, algo así, nos asegure que por allí uno haga el ingreso a este lado de las cosas (porque, tal vez, aquí, de este lado, solamente, hagamos nuestro advenimiento a través de la góndola de un supermercado y lo más extraño deba ser el tener, uno, que toparse, para ello, con una lata de alcachofas que, luego, habrá de correr de su camino).

Entonces, ser algo pero sin, al mismo tiempo, ser algo en concreto. Difícil de explicar, si para ello, apenas, contamos con el lenguaje. Pues, tampoco, allí, en esa cartografía, habría lenguaje. Ni gestos ni gemidos. Ni ruidos del estómago que sirvan para comunicarnos. Incomunicados y sin estómago. Menos que lo menos, sería algo como ser la nada (pero sin, a la vez, serlo). Siquiera el artículo. La experiencia sin relato. Ser lo inexperimentado. Ser lo innato. Pero tampoco tener asegurado el alumbramiento. Ser sin ser, en un plano atemporal, indeterminado e incondicionado, falto de elementos que reconocer ni espejos en los que hacerse de una imagen distorsionada de uno mismo. Un plano, por decirlo de algún modo, en el que no existan los modos ni eso que, aquí y ahora, insistentemente, denominamos “uno mismo”.

No tener nada pero tener todo. Ni pasados ni futuros. Puesto que nada sería, a la vez, indeterminable y determinable. Inimaginable e imaginable. Entonces, aquello se correspondería a un estado como el de aquí haber logrado tenerlo todo y el TODO. Una abundancia extrema que, no obstante, sea la carencia absoluta. Si todo lo que en la vida lo tenía de prestado, mejor era, antes que seguir sufriendo por esas bagatelas del lenguaje, volver a hacerse de la idea del inicio. Volver a concentrarse en lo blanco de lo blanco. Volver a enfrentarse con la página en blanco.

Unco Claraboya

Y quién te dice, una de esas noches en que no tenías pensado salir, la encontrás y resulta que ella-está-sola y se da que te arrimás y le hablás; es como que subís un escaloncito más, qué se yo.

Y quién te dice, una de esas noches en que no tenías pensado salir, la encontrás y resulta que ella-está-sola y se da que te arrimás y le hablás; es como que subís un escaloncito más, qué se yo.

Cuando llegué al bar, el coso ya estaba sentado contra la barra. Ahí supe que todo se complicaría. En realidad, me di cuenta que, otra vez, yo terminaría la noche solo y en pedo. Al menos –me animé-, ella seguro que vendría. Se iría con el coso pero yo la iba a volver a ver.
Y se dio nomás. Llegó en un remís y sin amigas. De nuevo con esa remera azul eléctrico -cómo me gusta con esa remera azul, faaa…- parece más ingenua, aunque apuesto mil a que no lo es. Su pelo suelto. La cara lavada; sin maquillajes, todavía más bonita. Siempre haciendo lo mismo. Primero mostrándose desinteresada, haciendo como que nada de lo que allí sucede -si es que allí sucede algo- le importase. Saludando a algunos conocidos para luego empezar a revolotear con su culito para aquí y para allá como una mosca a la hora de la siesta.
Ahora, el coso la saluda desde lejos y queda expuesto en su densa borrachera. Hace señas, pero parece estar espantando un enjambre de abejas que se le viene sobre la cara. Ella lo ve. Hace “carita” –lo mira y se arrepiente-, amaga que camina hacia él y se escapa hacia donde está el escenario.
No sé bien cómo fue. Pero una noche nos empezamos a mirar. Supongo que yo fui el que comenzó y que habré insistido hasta que ella sintió mis ojos clavados en su cuello. Nunca hablamos. En verdad, nunca tuvimos un diálogo fluido. Salvo algunas pocas palabras entrecortadas que nos dijimos, no sé lo que es estar papeando frente a su boca. Solamente me dejo llevar por el deseo de verla y que ella me vea. Y quién te dice, una de esas noches en que no tenías pensado salir, la encontrás y resulta que ella-está-sola y se da que te arrimás y le hablás; es como que subís un escaloncito más, qué se yo. Hay veces que me parece estar protagonizando un cuento de Fontanarrosa y sé que al final el porrazo es ineluctable: ¡Paff!, se te pincha la nube y caés de jeta contra el piso.
Igual ahora sé que me vio. ¡Estoy convencido! No pudo no haberme visto. El coso está en la barra pero mi mesa está justo en el medio. ¡Me tuvo que ver! El coso la persigue con la mirada. Está inquieto. Me da gracia. Lo veo y lo compadezco: sigue esperando que ella venga y lo salude. Y mal no hace. Si es cuestión de segundos. Si la tiene atada. ¡Upitudo de mierda! Sólo cuatro metros los separan. Que ella convertirá en cuatro segundos sin oxígeno y el rín-tín-tín de sus piecitos –con el que sueño cada noche como si en verdad ella bailara alrededor de mi lecho- la depositarán en los torpes brazos del coso. Que le chantará un beso fiado y viscoso, depositando una nube de alcohol sobre sus púberes poros de su cuello canela. Tendría que pararme y partirle una botella en la cabeza. ¡Turro mal parido! Sería mi homenaje al Negro y a todos los muchachos del café El Cairo. Pero no quiero pasar por troglodita y que el-coso-pulga-resucitada consiga enternecerla como un perrito lastimado de la calle.
Y entre tanta vuelta…ya todo pasó. Ella caminó en dirección a donde estaba el coso; pasó frente a mi mesa –encima, tuvo que molestarse y correr una de las sillas que estaban vacías, mientras yo la perforaba con la mirada, ¡y ella desconociéndome se hizo paso como si nada!-, llegó hasta la barra y lo saludó. Y el coso le chantó el beso. Y yo empiné el vaso y me partí en ochenta pedazos.
Al fin de cuentas no sé para qué carajo me hago historia…si la piba está con el coso. Es así papá. Ban-ca-te-lá y tragate los mocos. Además…mirá si voy a tener que andar desesperado como el-coso-éste que está en la barra, mirando dale que dale a la puerta, tejiendo telarañas de si ella va a venir o no va a venir…mejor así. Ya está.

Unco Claraboya

gordo-playa Hay veces que quisiera no pensar. O pensar cortito. Dos o tres dedos de frente, nomás. Tener la nariz medio abollada, los dedos cortos, los dientes chuecos y, sin embargo, sentirme Rodolfo Bebán en “Del brazo y por la calle”, apenas, con mi carocito caminando, los dos de la mano, a través, de la avenida. También quisiera llevar una hernia en la ingle, las piernas con várices y ser calvo a los cuarenta pero jactarme de que la he vivido, sólo, porque zafé de la colimba y porque nunca me calentó mucho meterme en la política.

Otras veces desearía no poder hilvanar dos palabras, babearme al hablar o, simplemente, tener dislexia. Ser un demente y, si no, tener pensamientos surrealistas todo el día. Uno: alguna vez, poder cambiar la bicicleta Mini Roda por un auto cero-ka-eme y con la flaca, cargar la sombrilla, e irnos de viaje hasta Río de Janeiro. Qué digo pensar poco, quisiera tener la mentalidad de un pendejo de quince años. Preocuparme por cómo forma Boquita el domingo. Andar toda la semana preocupado por si el sábado voy levantarme alguna minita o si con los pibes vamos a comer un asado. El mundo a mi medida. Un microcosmos bien edulcorado.

Y no darme cuenta de que todo se va a la mierda, así, sencillamente porque el lumpenaje se cuenta por millones. Acá, a su modo, y en el mundo de otro; pero los  lúmpenes, por doquier, se reproducen a cada minuto. Imposible cerrar el grifo. Un cáncer que no se puede extirpar. Que crece más rápido que la soja. Y ya no es pobre como su versión de antaño.

Al lumpen de hoy lo único que le interesa, en demasía, es no llegar tarde al trabajo y conservar su lugarcito inmundo, en esta sociedad, toda la puta vida. A ése le debemos este mundo perfecto. Al lumpen, aquel que se desvive por comprarse una licuadora y que la jermu no le rompa mucho las bolas. Nótese lo importante de ese “mucho”, porque no es un “que la jermu NO le rompa las bolas”, intransigente; el lumpen se contenta con que se las rompa pero poquito. Así, poquito. Apenas. Cortito, piensa el lumpen. Y lo mismo da para con su patrón, sus hijos, el gerente del banco y la mar en coche. A éste lumpen le debemos el estado de las cosas, los servicios públicos que tenemos, los dirigentes cipayos y la misteriosa pasión por el fúlbo.

El lumpen no va a calentarse por ir a misa un domingo o por derrochar menos agua cuando, todos los sábados, lava el auto. Si el lumpen, sorpresivamente, piensa en esas dos cosas, su primera reacción es la risa. La segunda, rascarse la nariz, acomodarse un huevo y, al rato, volver a reír. El lumpen por lo único que se alarma es porque en el super no le afanen TANTO con los precios; que la inflación siga, ahí, chiquita como una termita, anónima, que poco a poco le come los tirantes del techo, no le calienta. Pero mientras él -el lumpen- tenga para los vicios, él, seguirá dándose la “buena vida”. Y rascándose la espalada contra el marco de la puerta porque su brazo corto no le alcanza.

Aunque, año a año, la economía lo ajuste más y más, el lumpen seguirá, todos los fines de semana gastando nafta al pedo, dando vueltas a plaza. Yendo, todos los domingos, al parque a tomar mates con la jermu y la suegra. Toda la tarde juntando cebo sentado sobre una reposera, tirándose pedos y echándole la culpa al nene que “se cagó otra vez”. Mirando a la suegra de reojo, siempre el mismo chiste.

Viviendo la vida de prestado. Eso que, él, llama “buena vida” y que no es más que una tira de asado con ensalada rusa, vino y casatta. Igual que a una mascota, el lumpen tiene que cuidar de su vida, proveerla de alimento, placeres (una semana en Santa Teresita o en Mar del Tuyú, siempre en casa rodante) y no olvidarse de los cuidados: que el barrio nunca se entere de su impotencia y que, desde siempre, es flor de cornudo.

El juego de la vida, nunca, mejor implementado. Hasta el absurdo. El lumpen, almuerza y cena mirando la tele. Se cuida de no meterse en quilombos: nada que recriminarle a la escuela o perder el fiado en el almacén, y jamás de los jamases quejarse ante los excesos de las autoridades. Dejar que todo pase. Que el río siga su curso. Manso y sin sorpresas. Que los críos crezcan derechitos y que estudien si la cabeza les da. Y si no, a laburar. Porque un día, los hijos del lumpen, van a casarse de blanco, se van a reproducir y van a tener que sostener una familia. Para que, indistinguibles, el pueblo y el lumpenaje pervivan eternamente.

Unco Claraboya

Dijo que me tranquilizara. Que la dejara hablar a ella. Que yo no era el primero que la venía a chamullar así.

Dijo que me tranquilizara. Que la dejara hablar a ella. Que yo no era el primero que la venía a chamullar así.

“Quisquilloso”, me dijo. Pero no entendí muy bien qué quiso decir con eso. También, me dijo porqué yo le decía todas esas cosas. “Cosas”, dijo. Porqué yo le tenía que decir todas “esas cosas”, justo, a ella. Que si yo era “loquito o qué”. Que si no me fijaba si alguien nos podía estar viendo. Que tenía que tener más cuidado. Que cómo me le iba a acercar de esa manera, sin conocernos. Delante de todos.

Aunque, luego dijo que “todo está bien”. Que estaba todo bien, pero que “no así”. ¿Así cómo?, le dije. Que así yo parecía un “d-e-s-e-s-p-e-r-a-d-i-t-o”, susurró. Que no quedaba nada bien para un pibe de mi edad. Y encima, dijo que se podía imaginar cuánto me costaba a mí. “Costaba”, dijo pero me callé. Sí, dijo “costaba”, y que me comprendía. Y dijo que estaba acostumbrada. ¿A qué?, pesaba yo. Le dije que acostumbrarse es feo porque así abandonamos toda posibilidad de sorpresa. Dijo que me tranquilizara. Que la dejara hablar a ella. Que yo no era el primero que la venía a chamullar así. Que había habido muchos otros, antes. Pero que ahora ya no se lo esperaba. Porque hacía tiempo que estaba en pareja estable. “Es-ta-ble”, pausó esa palabra. ¿Y qué importa?, me decía yo. Y que ella compartía una relación afectiva muy buena. Que estaba muy contenta y segura de lo que quería para su vida.

Igual, después me preguntó de dónde sacaba yo todas “esas palabras” que siempre le decía al pasar. Que si yo estaba “loco o deliraba”, preguntó. Le respondí que ninguna de las dos opciones “me cos-ta-ba demasiado”. Otra vez, le repetí -ahora haciendomé el Tom Waits y cerca de su oído: que no me “cos-ta-ba”, ni un poquito. Y reí. Ella también río. Ahí nomás, me solté y empecé meta trabajar con “las palabras”.

Volvió a mostrar una sonrisa y entonces me relajé. Dejé salir por mi boca lo primero que me venía a la mente. Alguna vez, había pensado que un momento así sería lo más parecido a cuando un boxeador –que hasta allí ha cumplido con una pelea prolija, un buen trabajo de piernas y de agotamiento del rival- debe comenzar a lanzar los golpes justos y dejar madurar el knock-out. Pero ella no era un rival que derrotar. Ella era bastante más bonita que el éxito en una pelea de boxeo. Era la corona mundial y una noche de festejos y excesos bien merecidos. Y tampoco.

Me parecía que habíamos hablado por horas, que yo le había contado mi vida y ella la suya. Pero, apenas habrán sido quince minutos, un rato nada más. Si todavía, puedo recordar cada una de las canciones que sonaban en ese momento en el bar. Una de Sabina, otra de Floyd…

Ella estuvo simpatiquísima. Muy atenta a todo lo que yo le decía. A “mis palabras”. Cada tanto sonreía y en sus mejillas se marcaban dos pocitos diminutos. Luego, ella empezó a burlarse de mi timidez. Me dijo que era “una cáscara”. Y que le había gustado hablar conmigo. Haber podido conversar de “esa manera” y “tan interesante”. Que se alegraba de haberme conocido. Pero que ahora se tenía que ir. Porque su amiga, que esperaba en la mesa, ya le hacía caras. Y no podía hacerle eso. Que capaz nos volvíamos a ver. Y antes de irse, me dijo: “Chau, quisquilloso”. Yo pensé otra cosa.

Unco Claraboya