En busca del destino

El día anuncia, mediante presumidos voceros de traje y corbata, que el sol será apenas un intermitente juego de luces y que, por tal motivo, asomará sin mucha fuerza, a través de un cielo encapotado.

Esa tarde, mientras nuestra protagonista aguarda por la llegada del colectivo –y sin el recomendado paraguas a cuestas, que ella odia por su confeso amor hacia la literatura de Julio Cortázar- el encapotado crepita, primero, truena inmediatamente después, y suelta –como un manojo- una infinidad de gotas calientes, pesadas y despiadadas sobre el vacío terrenal.

Allí, en aquel vacío, la protagonista se acovacha como puede bajo el umbral de una doble puerta de hierro, a pocos metros de la parada. Un grupo de desdichados esperan junto a ella. Cuando la hojarasca lluvia ya ha mermado, el colectivo llega. No podía ser de otra manera.

Sube, pide “uno veinticinco” y el chofer pregunta “hacia dónde es que va”. A lo que la protagonista responde “hasta El Palomar”. “Éste no te deja, má”, dice el conductor y agrega “tomate el que viene atrás, es el que tiene el cartelito azul, ese te deja”.

Nuestra protagonista meditativamente se acaricia el buche, pide permiso y en dos saltos llega hasta la puerta de descenso; toca el timbre, y aguarda que el colectivo se detenga.

Al abrirse la puerta, la protagonista, despliega sus alas y vuela hasta posarse nuevamente en el cordón húmedo de la vereda.

UC

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